Un hipódromo para preservar la cultura y la vida, Isla de Providencia

 

Una de las actividades principales de los locales en providencia son las carreras de caballos, una tradición que según Ruben Haking, lleva más de 200 años. Su tío, que tiene 96 años, corría caballos desde pequeño, y el abuelo de éste también. Por eso mismo Haking se atreve a decir que la tradición puede que sea más antigua.

El caballo en la isla siempre fue un medio de transporte. Cuando aún no habían carros o motocicletas, todo se hacía utilizando este mamífero de cuatro extremidades. Un animal hecho para la geografía de la isla. Desde las grandes montañas, con empinados caminos rocosos, hasta las playas de arena de grandes extensiones, no había lugar donde el isleño no llevara su animal.

No se sabe muy bien cómo empezó la tradición. Haking piensa que todo comenzó por saber cuál caballo era el mejor. Y así, como quien inicia una burda carrera de carros en un semáforo, los isleños empezaron a correr para saber cuál animal era el más veloz.

Tiempo atrás la isla presentaba las condiciones ideales para correr en las playas. Sus extensas costas eran un lugar ideal para poner a esta masa de músculos a correr a toda velocidad. Hay quienes dicen que un caballo en playa puede alcanzar los 70 kilómetros por hora. Pero para correr en la arena las condiciones tienen que ser óptimas además de estar firme, de otra forma el caballo puede quedar estacado en la arena y partirse una pata.

Jorge, habitante de las islas de San Andrés, me describió la carrera entre risas y carcajadas: “Mira, la carrera tiene dos partes: la primera es de 3 horas, en donde se habla solamente mierda además de apostar. Se discute sobre presagios y sueños, ¡sobre todo!, la segunda parte ¿adivina cuánto tarda? !cinco segundos!, !esa es la carrera!.”

Esos 5 segundos de velocidad representan muchas cosas. Además de jugarse dinero, en apuestas que pueden alcanzar los treinta millones de pesos, también se juega el buen nombre en el trabajo realizado con el caballo, el entrenamiento al que se somete al animal, que muchas de las veces tiene lugar en el mar,  y la comida suministrada al caballo. Ruben, por ejemplo, le da a su animal “Campeon Dorado”, una especie de concentrado al que se le adiciona cereales y frutas, esto mezclado con lo que él conoce como la medicina, una jeringa de 50 CC cargada con un líquido viscoso. El contenido es un secreto, es la magia del cuento. Nadie puede saber la fórmula, según señala él.

Pero las cosas empezaron a cambiar y el mar comenzó a tragarse las playas. No es raro encontrar palmas derrumbadas en las orillas del mar, y pareciera que la cosa se torna cada vez peor. Esto ha hecho que los isleños pidan al gobierno la construcción de un hipódromo. Al hablar con algunos de ellos, todos hacen referencia a la corrupción que sobrevuela la isla. Uno que no quiere que su nombre se diga, señala que ya han pasado alrededor de 15 años desde que se pidió dicha instalación, pero siempre terminan robándose la plata, o incumpliendo las promesas.

Con el aumento de las temperaturas, tampoco se sabe cuándo lloverá, lo que hace difícil determinar en qué momento la playa estará en buenas condiciones para poder realizar la carrera. El patrón de uno de los restaurantes ubicados frente a la playa donde tiene lugar la carrera dice que solían tener 9 meses de sequía y tres meses de lluvias. Ahora no se sabe cuándo lloverá, y muchos pierden dinero en alimento y entrenamiento para el caballo sin poder ponerlos a correr.

El sábado 14 de Mayo se programó la carrera en la playa conocida como “South West Bay”. Los caballos empezaron a llegar al igual que sus respectivos Jockeys. Los isleños venían de todos los rincones de las islas y poco a poco se empezaba a calentar el tema. Las risas dieron paso a los gritos y a los manotazos. Se discute en Creole, la lengua que la mayoría de los isleños utiliza para comunicarse entre ellos.

Entre tanto alboroto, pregunté a un isleño cuál era debate que tenía a toda esa cantidad de hombres tan ofuscados. “El terreno, unos dicen que la arena no está bien y el caballo se puede estacar y partir una pata. Otros dicen que es ideal para correr” me dijo.

Alguien gritó: ¡is coming, go back! A lo lejos salió el primer caballo para despejar las dudas sobre el terreno. Yo nunca había visto un caballo correr a toda velocidad, el sonido del galopeo se escucha de lejos, casi horizontal, era un espectáculo para los sentidos ver aquél caballo que parecía un tren sin frenos. Al llegar junto al grupo de personas, quienes esperaban en la curva de la playa el paso del caballo, la masa se abrió, y en fracciones de segundos, pasó aquél cuerpo que no dejó tiempo ni para pensar. Su velocidad y fuerza dejó entre los participantes sólo el zumbido del galopar en los oídos.

No habían pasado 5 segundos cuando el segundo caballo venía a toda velocidad palpando igualmente si el terreno era adecuado o no. Pasó la curva y se perdió de vista, tras 2 segundos el publico gritó. Pasó lo que algunos ya predecían, la arena estaba muy blanda y el caballo se atascó.

En su tropiezo lanzó al joven jockey hacia en frente, y mientras el animal buscaba el equilibrio, sus dos cabezas se chocaron en el aire y Erik, el jockey, cayó al suelo inconsciente, recibiendo el impacto en la espalda, mientras la velocidad que llevaba lo hacía dar infinitas vueltas hasta terminar con la cabeza en el mar. Se sucedía un accidente que resumía las plegarias de la comunidad por el peligro que repercute correr en terrenos tan inestables.

Erik tiene 21 años, y empezó a montar caballo cuando tenía 12 años. No es su profesión, pero es lo que ama hacer. Mientras se acomoda en la raíz de un árbol para contarme lo sucedido, después de tres días del accidente, se podían ver las heridas en su cara y espalda. “Yo no me acuerdo qué pasó en la carrera. Yo sólo me acuerdo del pedazo de la curva, y de ahí ya no me acuerdo nada. Solo me acuerdo que estaba durmiendo en el hospital, y alguien me tocó, eso fue como a las 8 de la noche que me despertó en el hospital. Cuando yo caí, ya estaba inconsciente.” Dice mientras le sale una sonrisa en la cara de agradecimiento por seguir vivo.

Tanto él como muchos otros isleños, coinciden en que correr en la playa es un peligro. Sí es cierto que el evento no contó con ningún tipo de seguridad, hay turistas despistados, hay niños que corren por las playas, “yo me acuerdo que casi le corro a un señor en la curva” dice Erik. En aquél instante de pánico y alarma, no se escucharon sirenas, alguien gritó que llamaran “la” ambulancia, mientras otro le contestaba que la idea era ridícula, pues según éste, el conductor nunca sabe dónde están las llaves del carro. Tampoco apareció la policía ni ninguna institución para asistir a aquél muchacho. La comunidad, como pudo, lo sacó en una silla para tomar el sol y lo metieron en la primera camioneta que estuvo disponible.

Mientras su mama intenta organizar su regreso a la isla de San Andrés para que le hagan un TAC a su hijo en el hospital, Erik no sabe si seguir el consejo de sus padres: dejar de correr caballos. “Yo quiero seguir corriendo, pero mi mamá quiere que lo deje, es difícil dejarlo” dice Erik.

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